
Antes de dar a luz, cayó en mis manos el libro de Carlos González "
Un regalo para toda la vida". Y, al igual que le pasó a mi
homóloga gestacional, tuve claro cuál era el camino que quería seguir en el tema de la alimentación de mi bebé.
Jorge toma teta. Nada de sucedáneos. Ni biberón. Ni chupa. Tampoco agüitas con remedios milagrosos para acabar con esos dolores de tripilla que tanto le molestan, porque, a pesar de que los bebés de teta no suelen tener cólicos, a veces sucede. Y, dado que no se trata de esconder el problema, sino de intentar averiguar que ocurre para poder solucionarlo si está en nuestras manos, nos hemos vuelto "expertos" en lactancia materna.
Así hemos aprendido que la primera leche que sale del pecho en cada sesión, es más clarita y contiene más azúcares, lo que tiene varias consecuencias, entre ellas, que el bebé esté más activo y que se generen gases en los intestinos. La producción, en mi caso, daría para alimentar a dos niños más, de modo que no llega a consumir la "leche buena".
Con esas premisas, al principio me quitaba un poco de leche con un extractor antes de darle el pecho, pero claro, eso no ayuda a la autoregulación, ya que se sigue generando mucha leche. Después de consultar en varios foros, empecé a darle dos tomas seguidas del mismo pecho. La situación mejoró, pero él seguía pasándolo mal. Una monitora de lactancia, viendo
in situ muestro caso, me recomendó esta segunda vía, pero llegando a darle hasta tres y cuatro tomas del mismo pecho, para así lograr que Jorge tome la "leche condensada" y además que se envíe el mensaje al otro pecho de que baje la producción.
En este punto es donde nos encontramos ahora. Jorge está más tranquilo y duerme más. Aunque los cólicos no han remitido del todo, así que en el mutuo aprendizaje que caracteriza esta época, hemos aprendido a escucharle y a identificar cuando llora porque le duele la barriga, de cuando lo hace porque está cansado o tiene hambre; así, en ese momento, comienza la sesión de masajes en la tripa, encogimiento y estiramiento de piernas, paseos "en posición de hacer caca", posición de "caballito" sobre la pierna de papá, inmersión en la
bañera anticólicos (en los casos extremos y aunque sean las cinco de la tarde) y, como no, raciones extra de besitos, abrazos y palabras dulces para capear el temporal de dolor.
Y no hay duda de haberse equivocado uno con el tipo de llanto, porque el mismo siempre acaba igual: después de un concierto de tambores. Tras el cual, recupera la sonrisa de felicidad casi al instante.